bajo mis escombros
No sé si es saliva o sangre pero se mueve sobre la corona de mis dientes. Quizás perdí el sentido del gusto, aunque nunca supe bien a qué sabía o qué se siente estar apunto de morir. Han pasado quizás cinco minutos y la rodopsina aún no se ha regenerado lo cual me hace pensar en que quizás perdí la vista.
Quizá no tengo reacción natural al peligro, así que me dejé estar.
Probablemente hayan pasado dos horas y el polvo ya se encargó de hacerme daño por dentro, siento que mi corazón se empeña en seguir latiendo. Se mueve por encima de toneladas de cemento y mientras se mueve sigue cayendo polvo y sigo respirando. Es queja. No puedo moverme, al principio solo sentía un hormigueo en mi brazo, ahora ya no siento nada, y puede ser por mi posición o es algo más que perdí. Pasó de repente. Me bañé. Me vestí. Me peiné. Me vi al espejo. Estaba segura de que estaba lista para ir a trabajar, pero tenía veinte minutos más para salir así que me acosté en la cama que todas las mañanas sin olvidarlo, tendía. Porque todo son memorias de mis padres. Haz esto, haz aquello. Y es que a eso estoy acostumbrada. A obedecer. A hacerle caso a las reglas y sino un reglazo. Y sí, medicina era mi futuro. Ocho años y directo al consultorio. No es mentira que no dormimos, porque en este país prefieren a un profesional cansado, aunque también puede ser problema del ego de tener un título.
Estoy segura de que escuché tractores o camiones, al parecer han actuado relativamente rápido. Son diez horas según lo deshidratada que estoy. Se me acabó la saliva o sangre, sigo sin saber qué tengo en la boca además de tierra, las ganas de ir al baño ya no están y como no siento nada, creo que quizás me oriné encima. Acorté el tiempo de deshidratación cuando lloré hace media hora pero ya no importa, de hecho cuando me acosté antes del terremoto preferí beber gaseosa antes que agua así que si muero ocho horas antes de lo previsto es culpa de mis decisiones. Sentí que movían algo afuera. Ya nadie grita, así que escucho con detalle todo a mi alrededor. Tan temprano y mis vecinos le dicen al ladrón que no robe, o a la tierra que no tiemble. Pero es necesario, es necesario que tiemble y que robe porque así nos diferenciamos de los que no cambian un pueblo con un terremoto o de los que arrebatamos cosas o vidas como los ladrones y los doctores. Estoy tan abajo de todo que ni siquiera; después de dieciséis horas, he intentado gritar, hablar, quejarme, toser o moverme porque por ahí si lo hago me descubren. Esto me confunde, no estoy segura si quisiera que me encuentren por más atrapada que esté, aunque me encantaría que vengan a buscarme sin tener que pedirlo.
Qué bueno que no tuve hijos. Qué bueno, porque todo ocurrió a la hora en la que hubiera pretendido que vean la televisión y luego a dormir, porque acá en la costa hay clases y sí, tal vez estudiarían en la mañana para que la tarde sea de nosotros. Esto solo me recuerda a que también soy hija y ni siquiera en veinticuatro horas, pensé en mis padres. Pero después de muertos no les ha de importar que la tierra tiemble si no es por mí, después de ellos no sé si importaría un título o hijos que no vayan a conocer. Hice mi primer movimiento. Giré la cabeza a mi derecha y abrí los ojos y no, no estoy ciega. Siempre pude ver, pero mis pestañas pesaban más que mi casa entera. Dos pisos para mí sola. Un jardín que no cuido. Dos cuartos que no lleno. La idea de una piscina que está vacía. Un techo que no me cubre. Siento veinte mil dólares que no comparto y una vagina que no uso. Lo que pasa es que si me levanto y salgo de aquí, vuelvo al trabajo y no a la normalidad. Si salgo me he de encontrar con seiscientos cincuenta y nueve cuentos diferentes, según lo que el gobierno quiere contarnos. Realmente no sé si quiero salir y escuchar gente atrapada como yo, porque seguramente la están pasando peor, porque por lo menos mi celular vibra, mi corazón golpea y sigo respirando, polvo. Tuve la intención de mover más que mi cabeza, pero no funcionó. Ya no sé cuánto pasó, pero escucho que mis vecinos abuchean a algún representante del dinero robado que pretendía ayudar, que incluso después de que vidas se fueron, él quería seguir quitando, pero de manera menos directa, claro.
Me he desmayado cinco veces y mi estómago empieza a sonar más fuerte que los camiones que se llevan un poco de lo que viví allá afuera. Mis labios tienen uno o quizás dos milímetros de piel seca. Mis lágrimas se secaron en el lago que está debajo de mis ojos. Mis mejillas están lo suficientemente frías como para necesitar un beso y debería preocuparme porque en esta ciudad no necesito cocina para freír un huevo, pero sí necesito una heladera para que mi agua esté a temperatura ambiente, también necesito dos aires acondicionados en mi cuarto pero esto es realmente lo peor de mí. En serio. Lo primero que pensé mientras la tierra estaba furiosa era en cuánto podrían demorarse en hacer que el internet funcione de nuevo, y ni eso, lo peor de mí es que no me arrepiento de pensarlo ni de haberme quedado en cama tanto tiempo.
Ha pasado una semana y hace una hora me levanté. Me lavé los dientes y comí galletas. Me ausenté en la ausencia del agua y mi falta de sed. Sobreviví a siete días encerrada en mi cuarto. Se robaron quizás toda mi comida, de hecho, mejor, porque sino se hubiera vencido igual. Entraron a mi casa y la televisión no está, porque no la veo. Mi equipo de sonido tampoco, porque no lo escucho. Salí de lo más normal que tuve en treinta y cinco años y volví al trabajo porque hace siete días no me hubieran pagado por salvar vidas.
Jean Carlo Loor
Inspirado en los treinta y cinco años de Verónica Llerena. Ciudadela Los Mangos, Portoviejo.
Historias como solo tu nos puedes narrar!!! Felicitaciones.
ResponderEliminarLa idea de la decepción mas fuerte de lo que estaba afuera esperándote a que vayas a continuarlo o empezarlo ya, hace que la historia cuente las ganas de estar siempre donde uno cae. Buena historia. Me gustaría leer otras.
ResponderEliminar